Escribía en el bus de vuelta a casa, un viernes por la noche, o un sábado por la mañana, después de un concierto y unas copas de más, perdiendo la noción del tiempo y del espacio, al igual que las de ortografía y los recuerdos, diluidos todavía en licor 43 hasta que el sol del mediodía tuviese a bien llevarle de vuelta a la cama vacía y las horas de aquel día que nunca iban a volver.
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